La radiología de Claudio Paul Caniggia

«El beso del alma» como lo tituló El Gráfico el 14 de julio de 1996. Fue el arrebato de los dos cracks tras anotar Claudio el 4-1 en un duelo contra «Los Millonarios» del River Plate

Para muchos les sobra –y les basta– con «el Nene» o «el Pájaro» para conocer sobre quien versará este análisis… Cierto también es que habrá quienes por lejanía en el tiempo les sea imposible adivinar su nombre. Nacido un nueve de enero de 1967, este bonaerense que responde al designio de Claudio Paul Caniggia, podemos decir que nunca se ha ido –futbolísticamente hablando– y ello sin contar con que su retiro oficial fue hace escasos dos años. Oficial, pero no oficioso, en tanto que el primero sólo fue un retorno anecdótico a la novena división inglesa con el Wembley FC para jugar dos partidos (incluyendo en uno de ellos su participación en la emblemática FA Cup y anotando un nuevo gol a su palmarés), mientras que el segundo se produciría allá por 2004 en la exótica liga catarí militando durante una campaña en el Qatar SC. Aquí fue donde verdaderamente hizo uso del tópico de «colgar las botas», unas botas por las que los argentinos todavía suspiran. ¿El motivo que justifique esto? Copa del Mundo de 2014, Brasil. Un grupo masivo de efervescentes y fervientes seguidores de la albiceleste se echa a las calles del país carioca y canta a viva voz para alentar a los suyos: «Brasil decíme que se siente teniendo en casa a tu papá… el Cani los vacunó…». Exacto; «el Cani» como abreviación de Caniggia. Un solitario gol[1] que –manteniendo el idilio con la pegadiza canción popular– actuaría como la eficaz vacunación que en el Mundial de 1990 de Italia los pupilos de Carlos Salvador Bilardo infringió en octavos de final a la todopoderosa Brasil; la eterna rival claudicando, apeada y encumbrando a dos futbolistas que en un futuro quedarían fundidos en un beso como ejemplificación de lo que les unía y de lo que significaba ese gol para Boca Juniors; ellos son, de un lado nuestro hendersonense –según el gentilicio de donde nació– y, del otro, al que califican como el genio de todos los tiempos, «el Pelusa», Diego Armando Maradona, o inclusive, «D10S». Fue una jugada, la del Mundial, muy al estilo del Diez; arrancada desde muy lejos sorteando rivales haciendo que ello parezca algo de lo más sencillo (tal eventualidad está tan extendida y le es tan característica que cuando el que la efectúa es otro futbolista se le reconoce como una peripecia «maradoniana») y cuando asoma al balcón del área, asiste a su compañero que, desmarcado y consciente de la maravilla de la que proviene esa pelota, con suma elegancia quiebra al portero y empuja el esférico a la red. Fue el éxtasis de un país que vive por y para el fútbol.

Ya nunca sería igual para Caniggia. Su nombre ya se había asegurado el verse siempre escrito con letras doradas y archivado en la memoria de los amantes del balompié que pueblan la zona del Mar del Plata. De hecho, poco importa ahora que unos años después de ese gol el doping en forma de Crack se cruzara en su vida tras un infausto Nápoles – Roma en marzo de 1993. Un calco esta historia de la que padeció su inseparable Maradona dos años antes, si bien, en este caso, habría sido por restos de cocaína en su orina… Volvería a pisar un terreno de juego en mayo del siguiente año y continuaría anotando goles como hasta entonces había hecho con River Plate en su Argentina natal, en Hellas Verona, Atalanta y Roma en su primera aventura italiana, y levantando a aficionados de sus asientos llevando enfundadadas, por este orden, las zamarras del Benfica lisboeta, de Boca Juniors en su retorno a casa, la «Mágica» Atalanta nuevamente, en Escocia con Dundee United y Glasgow Rangers, y los ya citados con anterioridad en las postrimerías de su carrera.

Tras haber goleado con nueve clubes diferentes y disputado trescientos sesenta y siete encuentros, anunció el final de su vuelo en febrero de 2005. Sin embargo, su carácter excéntrico y anodino lo llevarían a reemprender una última parada británica; quizá no fue la despedida soñada (como tampoco lo fue la de la Selección, en donde Bielsa lo convocó para el Mundial de Corea y Japón del 2002 y sin formar parte del plantel un solo minuto, vería una expulsión por airadas protestas en la eliminación contra Suecia), pero fue la que él quiso; inesperada, chispeante y goleadora; «Cani» en estado puro.

[1] He aquí la visualización de dicho gol:

@juanje10ayala

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