Delibes y el fútbol; un gran aficionado

Delibes, junto a Camilo José Cela y Gonzalo Torrente Ballester quizá han sido las figuras señeras de la literatura española de posguerra. Escritor y cazador, Delibes fue un enamorado del fútbol, que fue uno de sus grandes amores:

“Ni la caza ni la natación ni la bicicleta tiraron de mí con la fuerza que lo hizo el fútbol con 8 o 9 años”

Con esos 8 años a los que nadie engaña, vio al incipiente Real Valladolid y los tres estadios de Pucela: el de la Plaza de Toros, el nuevo, el de la pulmonía (años ha viejo, y ahora extinto Zorrilla) y el Nuevo, ya no tanto, Estadio José Zorrilla. En épocas de hambre e ingenio Miguel Delibes rememora en “Una larga carrera de futbolista” el fútbol furtivo con botones en el pupitre de clase, con canicas para el patio, con pelotas de trapo y papel en casa y de goma en el parque. El fútbol romántico y escolares de pantalones cortos, carteras de cuero inmensas y sobadas y rodillas desolladas. Santiago Hidalgo habla de un Delibes militante, desde esa militancia tan austera y castellana, que se “alistó al fútbol como lo hizo con todo lo que marcó su vida, como algo propio, popular, de su Castilla, sin necesidad de preguntas trascendentales. Y desde este altozano alcanzó la universalidad.”

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Aficionado de infantería, era hincha ante todo; lo primero era el triunfo del Valladolid, y luego ya vendría eso del espectáculo, a fin de cuentas era de esos pocos que se sacaba el abono cuando el equipo caía a segunda, aunque supiera que no acudiría a ver ningún partido.

Siempre consideró el fútbol como algo muy serio hasta el punto de redactó lo que sus colegas del Norte de Castilla bautizaron como la Ley Delibes, que incluía entre sus preceptos alguno que años después formarían parte del Reglamento: «El equipo que, después de perder en casa, visita a otro que viene de ganar fuera, si no se alza con el triunfo, sumará al menos uno de los dos puntos en litigio»; «lanzar un pase atrás o cederle la pelota al portero era una vergonzosa claudicación. Era de cobardes…»

Fue caricaturista y redactor de deportes de El Norte de Castilla y en la revista ‘Vida deportiva’ con el pseudónimo de Miguel del Seco. Como jugador fue extremo fino y delgado que definía sus disparos (como se nota que no le llevaba Mendes) como « follones, flojos, rasos e inofensivos», aunque acabó por reconvertirse en portero de su Sedano natal en los siempre conflictivos partidos de solteros contra casados.

Escrutó ese fútbol a ratos tedioso a ratos furioso de los 80, ese que “contraprogresa. Ahora lo que impera es no dejar jugar y destruir más que crear”, en el que se ponían las bases del atleta frente a la agilidad y el gambeteo. Y se dolió con esa selección de la debacle del Mundial 82  de «fútbol flojo, tenue y de floritura, con la pólvora mojada y escaso de disparos desde lejos». De hecho, admiraba el fútbol vertical y de contragolpe, siempre fue muy de Helenio Herrera, aunque tuvo tiempo de disfrutar del fútbol de Guardiola.

Defensor a ultranza de la figura del entrenador polemizaba con las declaraciones de Di Stéfano en las que decía que el entrenador sólo influye en un 10% de las victorias y en el 40% de los fracasos, para quien el alma el equipo y la del entrenador son una.

Amante de un fútbol romántico, de retorno a la infancia, lamentó que el dinero hubiera empobrecido el fútbol: «El dinero que hoy gira alrededor de este deporte enriquece a los futbolistas pero empobrece al fútbol, cada vez más burocrático, insoportablemente conservador, repetitivo y enfadoso», y que se hubiera hecho cada vez más conservador por tanto interés creado, así como el hecho de querer ver el fútbol sólo por si el equipo de uno es capaz de ganar.

Y qué me dicen de aquello que decía a principios de los 70: «Los efectos del profesionalismo desmesurado empezamos a acusarlos ahora en toda su virulencia. En cada país el campeonato de Liga se dirime prácticamente entre cuatro clubs; los demás bastante tienen con eludir el descenso».

También criticaba la palabrería que inundaba  las imágenes televisadas de los encuentros por sus excesos de redundancia, retórica superflua y gratuita;  vamos, como para preguntarle por la intromisión del fenómeno Sálvame en el fútbol y de esos interminables y hueros tertuliones que trufan radio y televisión…

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Delibes fue caricaturista del Norte de Castilla
El doce de marzo de dos mil diez, la megafonía del José Zorrilla anunció: «Antes de comenzar el partido se guardará un minuto de silencio en memoria del maestro Miguel Delibes». Jugadores blanquimorados del Valladolid y ese día de negro del Real Madrid se dispusieron para el minuto de silencio. El campo enmudeció y sólo sonó el lamento de un violín interrumpido por las palabras del escritor:

«Yo creo que mi primera afición deportiva, asumida como pasión, como auténtica pasión desordenada, fue el fútbol. Esto quiere decir que yo fui hincha antes que aficionado. Anteponía al espectáculo el triunfo de mi equipo, el Real Valladolid Deportivo. Y hasta tal punto vivía sus peripecias de corazón que, de muy niño, hacía solemnes promesas al Todopoderoso si el Real Valladolid salía victorioso en Las Gaunas o El Infierniño. En cambio, cuando jugaba en casa, me parecía que bastaban mi aplauso y mis voces de aliento para triunfar y no iba con embajadas al Todopoderoso.»

Después comenzó a rodar el balón.

Carlos Rodrigo

Imagen de portada: elperiodicodearagon.com

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