O jugamos todos, o se rompe la baraja

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Es el tema de moda. Todos los clubes de la Liga, especialmente los modestos, se quejan de los derechos televisivos que reciben. Pero, ¿es posible otro sistema?

En la actualidad, el reparto de las cantidades que los clubes de la Liga de Fútbol perciben por la cesión de los derechos televisivos se realiza en función de criterios claramente mercantilistas, lo que supone que unos clubes reciben mucho y otros, en cambio, bastante menos. Se dice que unos generan más ingresos que otros para las televisiones y que, por tanto, deben cobrar en consonancia. Líderes en este ranking son Real Madrid y FC Barcelona, que según sus presupuestos oficiales han ganado en la temporada 2013-2014 unas cantidades que rondan los 140-150 millones de euros cada uno. Por el contrario, equipos como el Rayo Vallecano o el Almería, tan sólo 18 millones, aproximadamente. ¿Es esto justo? ¿Es posible otro sistema de reparto?

De entrada, sí es posible. De hecho, en otros países se usan otros criterios, que acercan bastante los montantes totales que corresponden a cada uno de los equipos. Así, por ejemplo, en Inglaterra, en Alemania o en Italia. Allí la diferencia entre clubes es menor en proporción, y los clubes “pequeños” están, en principio, mejor financiados, lo que les permite fichar jugadores más caros (se entiende que también, en teoría, mejores) y competir más dignamente con los equipos “grandes”. Se podrá decir, no obstante, que ello no ha supuesto automáticamente que los equipos pequeños ganen ligas o campeonatos. En Inglaterra siguen dominando los más ricos. En Alemania, el Bayern, el equipo tradicionalmente más potente, es una apisonadora. Luego unos mayores ingresos por televisión no aseguran, de suyo, una mayor competencia. Esto, en parte, se debe al prestigio de los equipos grandes, que cuentan con un nombre y una tradición que atrae a los jugadores más talentosos. Pero también en parte se debe, al contrario de lo que sucede en España, al régimen jurídico de dichos clubes de fútbol, que tienen consideración de sociedades mercantiles, y por tanto pueden ser comprados y vendidos según la voluntad de sus accionistas, los cuales, como es el caso del Manchester City, del Chelsea o del Manchester United, por citar sólo algunos, son usados por sus dueños para darse publicidad y reinvertir parte de las inmensas ganancias que logran con sus otros negocios. Incluso suelen estar saneados…

En España, en cambio, Real Madrid y Barcelona no son sociedades mercantiles. Lo mismo ocurre con el Athletic de Bilbao, presente en Primera División desde su fundación. No son comprables ni vendibles. No tienen participaciones ni acciones. No cotizan en Bolsa. Son asociaciones deportivas civiles con unas características especiales que, en base a unos estatutos  aprobados por las autoridades competentes, eligen a su junta directiva cada cierto número de años. De alguna manera, son más “democráticos” que el resto. Tienen una faceta social que aúna pasión y sentimiento de propiedad en sus asociados, quienes tienen un poder de decisión “social”, por decirlo de algún modo. Ello tiene ventajas en cuanto a su control (más flexible), pero tiene también inconvenientes de tipo jurídico y económico. Por ejemplo, no se pueden financiar con cargo a un aumento del capital social aprobado por sus accionistas; deben buscar su financiación en la venta de sus servicios y activos. Es lógico, por ello, que aprieten bastante más en cuestiones como los derechos de imagen o los derechos televisivos.

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Sin embargo, la gran diferencia de ingresos entre unos clubes y otros, aunque está permitiendo a los grandes financiar gastos desorbitados que en otros tiempos eran impensables (James Rodríguez o de Luis Suárez, por citar algunos recientes), está convirtiendo poco a poco la competición nacional en una lucha de adultos contra niños. Real Madrid y Barcelona, Barcelona y Real Madrid, pugnan alternativamente por el triunfo en la Liga (y eso, a pesar de la fantástica victoria del Atlético de Madrid en la pasada temporada). En cuanto algún jugador descuella en otros equipos, lo fichan. Cualquiera que pretenda asaltar su trono, es pronto sacado de él a empellones… Es cierto que gozan de mayor apoyo social que el resto, que mueven más público y más audiencia. Pero esta errada política, además de ser discutible jurídicamente, producirá a la larga el agotamiento de la Liga, reducida en su interés, meramente, a los enfrentamientos directos. ¿Por qué no restringir la liga a esos dos partidos? ¿Por qué no expulsar al resto? Además, se aprecia, en el horizonte lejano, la amenaza de una “superliga” europea, a disputar sólo entre equipos con presupuestos mastodónticos, porque estos enfrentamientos suscitarían más emoción, al estar más equilibrados.

Se produce, además, un efecto circular: ¿qué es lo que hace que el gran público quiera ver a un equipo de fútbol? Es fácil: su juego, sus jugadores, sus resultados. Dicen que los grandes deben cobrar más porque la gente quiere verlos a ellos. Pero si no dejamos que los equipos más modestos fichen mejores jugadores, nunca jugarán ni ganarán igual que el resto; y esta bola se irá haciendo mayor. En cambio, si aumentan sus ingresos, podrán hacer frente a mejores traspasos; luego seguramente obtendrán resultados mejores, o al menos tendrán equipos más vistosos. Y ello a su vez atraerá más público a sus partidos y a sus retransmisiones. Son cuestiones que se retroalimentan.

Sólo hay un remedio: establecer un sistema de reparto más equitativo, que premie a los que ganan competiciones, pero que no discrimine al resto, para que nuestros equipos grandes no desmerezcan frente a los de otros países en las competiciones internacionales y, al mismo tiempo, para que los demás clubes de la Liga puedan permitirse el lujo de competir más o menos de igual a igual contra los trasantlánticos españoles. De otro modo, al final, incluso Real Madrid y Barcelona perderán dinero, pues casi nadie querrá verles golear, día sí y día también, a 18 de los 20 equipos de la competición liguera.

Otro día hablaremos del tema de la deuda de los equipos de fútbol…

Jaime Árias

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