¡Thomasin, Thomasin, que no eres bueno…!

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En el deporte, como hubiera de ser siempre en la vida, rendirse no ha de ser una opción. O al menos que fuese esta la última vía. Isiah así lo demostró, si bien, lo hizo muy «In to my way» que decía Sinatra. Veámoslo con palabras.

Que sus números son historia imborrable para los amantes de la canasta no ofrece dudas; que la personalidad de The Baby-faced Assassin fue más poderosa que el hierro recién fundido es algo de lo que su pierna da fe cuando en 1988, literalmente cojo pero al grito de «I can do this», en el sexto partido de las Finales de la Liga contra Lakers encestó veinticinco tantos en un cuarto –récord aún absoluto en un partido de tal magnitud–; y que marcó un antes y un después en la NBA sobra apostillarlo.

Lo que quizá, y no tan quizá, siempre se le reprochara en su tiempo fueron las formas. Sus coetáneos del otro lado del parqué no las toleraban; y él lo sabía. Lo quiso así: el fin le aportaba la justificación a todo. Ahora quizá aceptara el poder haber sido el «cuarto en discordia» en esta Triada de Mykerinos, en ese triunvirato de talento, en esa pirámide de tres aristas norteamericanas e interplanetarias que compusieron en un Dream Team para los anales, su amigo Magic, el que da nombre al lema «raza blanca-tirador», Larry, y al «amigo del aire», Michael. Su carácter díscolo, desde luego, se negó en rotundo. Optó por ser el (anti)ejemplo, el chico malo de la calle, el «guard» que con el 11 a sus espaldas a tantos y tantos aros rivales masacró. No lo hizo solo, pues nadie es líder de su barrio sin su séquito de soldados detrás. Los suyos vestían representativas camisetas de tirantes azules y letras rojas, frecuentaban el estado de Michigan y se reunían para demostrar su valía en el Palace of Auburn Hills.

Eran malos (por odiados, por su tono chulesco). Sin embargo, nunca recelaron de ello; al contrario se jactaban. Y no les fue nada mal… Supieron aprender de sus batallas perdidas. Fundamentalmente de una. Fue donde y cuando Thomas no sólo renqueaba, sino que penaba. No obstante, penaba él y también los de púrpura y oro, ese día de amarillo. Pero el destino a estos les condecoró con una bandeja de plata en forma de supuesta falta de Laimbeer sobre Abdul Jabbar, quien anotó los dos tiros libres que a la postre fueron decisivos y que llevarían la serie al séptimo partido, en el cual los angelinos serían campeones por 108-105. No se amilanaron, ni se descompusieron, los Edwards, Rodman, Dumars, Mahorn o Salley. Al contrario. Hicieron que la venganza contra Lakers en vez de en plato frío fuese congelado. Un rotundo 4-0 que dejó patente que todos eran malos y que eran todos para uno, para «el asesino de la cara de niño», para el MVP de la Final; ese angelito que promedió 27,6 puntos por partido, 7 asistencias y 5,2 rebotes en las series finales. Quisieron más sin cambiar a su referente, y al año siguiente, en la temporada 89/90 optaron por cambiar de temperatura y que los Blazers fueran ajusticiados en el «microondas» de Vinnie Johnson, autor de la canasta última que dio el Anillo a los de Detroit por segundo año consecutivo. Y hasta aquí la gloria de Isiah…

Al grito de ¡MVP, MVP, MVP! entró Thomas en el vestuario de los recientes campeones.-

Al grito de ¡MVP, MVP, MVP! entró Thomas en el vestuario de los recientes campeones.-

Llegó la temporada 90-91 y los augurios presagiaban la debacle. Durante la temporada regular, los Pistons, turgentes campeones, empezaron a mostrar síntomas de flaqueza y desunión, y los augurios venían con tormenta; caerían con estrépito en la Final del Este frente a los Bulls del nuevo «Rey Midas», Michael Jordan. Y hasta aquí, todo puede parecer lógico y entrar dentro de lo posible: en el deporte se puede ganar y perder, pero hay que saber gozar la primera y asumir la segunda. Ellos y él no lo hicieron con el envés de la moneda. Cuando el cuarto y definitivo partido tocaba a su fin y, estando en el banquillo, Thomas, capitán y bandera de los bicampeones, abandonó el pabellón negándose a felicitar a sus rivales. Era negar la cruda realidad, pero la realidad luego le devolvería la cruel afrenta. Aquel gesto le supuso el no ser convocado con su país para participar en las Olimpiadas de Barcelona ’92, en ese equipo de ensueño de «los otros tres grandes» de su tiempo. Quizá por eso también sea tan grande. Es el genio ilógico del que se sabe grande, del que se sabe Genio con mayúsculas…

La sonrisa del Dream Team de 1992 en el que Thomas nunca tuvo cabida.-

La sonrisa del Dream Team de 1992 en el que Thomas nunca tuvo cabida.-

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