Pablo Aimar vuelve al jardín de River Plate

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La Navidad es tiempo de regresos. Aprovechando estas festividades, son muchos los que se reencuentran con sus familiares, sus queridos, para pasar unos días en paz y armonía. Pero la maleta de Pablo Aimar no ha llegado a Buenos Aires para quedarse sólo hasta comienzos de enero. Lo que era un secreto a voces fue confirmado por el propio Marcelo Gallardo: el ‘Payaso’ volverá a enfundarse la banda roja de River Plate.

Catorce años después de su salida con destino al Valencia, Aimar regresa a la que fue su casa, en un claro paralelismo del momento que vive el fútbol argentino. La inestabilidad marca las plantillas de este torneo; o las jóvenes promesas salen antes de tiempo rumbo a Europa, o los únicos fichajes ilusionantes que llegan tienen aroma a veteranía. Decía una vez Ángel Cappa que una de las grandes enfermedades que persigue al fútbol argentino es la inmediatez, en una entrevista a modo de radiografía en El País. En torneos cortos como el Clausura o el Apertura, el resultado ejerce un papel más dictatorial si cabe. Los proyectos a largo plazo apenas tienen cabida y “a los jugadores se les enseña antes a correr y a chocar antes que a pensar”.

Con Riquelme en semiretirada y varios clubes exportando talento a borbotones, uno echa la vista atrás y recuerda con cierta nostalgia aquellos campeonatos de comienzos de siglo, donde equipos como San Lorenzo dejaban paso a una interesante hornada liderada por Leandro Romagnoli y Bernardo Romeo. Sin embargo, el duopolio River-Boca estaba en pleno auge. A cada título de los xeneizes era contestado prácticamente por otro de los millonarios. De la mano de Carlos Bianchi, Boca armó un equipo temible, con mucha solidez en el centro del campo al servicio de la visión de Riquelme, el desequilibrio de Schelotto y los goles de Martín Palermo.

Ese equipo marcó una época, pero su dominio fue menos abrumador si cabe por culpa de un River que tenía su particular tridente mágico. El hueco dejado por futbolistas como Francescoli, Hernán Crespo o Marcelo Salas fue ocupado por un colombiano, Juan Pablo Ángel; y dos argentinos. Uno de ellos, el ‘Conejo’ Saviola, tuvo que hacer frente a unas expectativas altísimas, aunque mientras las urgencias no les marcaron, la hinchada de River gozó de su juego, de sus goles y, sobre todo, de su entendimiento con Pablo Aimar.

En 1999, River impidió que Boca lograse el tricampeonato, amparado en la fantasía de Ángel, Aimar y Saviola. De sus botas salieron verdaderas obras de arte, como este gol a Belgrano de Córdoba, en el que el comentarista de turno (siempre prolíficos los argentinos a la hora de usar adjetivos), les calificó como ‘los chicos del jardín’.

Tras tres lustros, a la lámpara de Aimar aún le quedan algunos trucos, pero con Juan Pablo Ángel ya retirado y Saviola metido en un papel de nómada por Europa, parece que al fútbol argentino en general y a la afición de River en particular, no les queda otra que recurrir a la hemeroteca. Los chicos del jardín ya no volverán a juntarse.

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