Noche de fútbol

1314384365551La historia de cómo este humilde servidor, buscando un poco de asueto y diversión, cometió el error de escuchar lo que dicen y leer lo que escriben algunos periodistas deportivos, y cómo llegó a término aquella aventura con esquiva fortuna aunque también con humor y hasta con provecho.

Miren ustedes lo que me sucedió el otro día, y juzguen si los hechos que voy a narrarles no son merecedores de un tanto de piadosa compasión con este hombre miserable en bienes y pobre en letras…

Estaba yo en el calor de mi hogar, terminada la jornada laboral, solo y aburrido como puede estarlo la piedra abandonada a la vera de un enmarañado sendero, que como una estrella velada tras la tormenta va siendo ocultado a la vista de los que por allí pasan por el tiempo, el olvido y las malas hierbas. Así, sin saber qué hacer para entretenerme, me vino a la mente que quizás hubiera algún partido de fútbol digno de verse u oírse, puesto que era miércoles, o martes, o viernes, no lo recuerdo con exactitud, y se trataba, pues, de uno de esos días en que se disputan los torneos futboleros. Se me alegró el ánimo; y como vi que era noche cerrada, supuse que ya habrían comenzado a jugarse los encuentros. Encendí la televisión, y cuál no fue mi satisfacción al comprobar que sí, que había fútbol. No diré qué equipos jugaban, ni en qué cadena lo retransmitían. El pecador no importa, sólo el pecado…

La televisión
Fue así que me busqué una cerveza, me aposenté en mi sofá, y atendí a la televisión. No diré sino que, en los minutos siguientes, mi inquietud, mi nerviosismo, mi preocupación, y hasta mi disgusto, fueron en aumento paulatinamente, hasta forzarme a apagar el aparato. Pues había comenzado a escuchar una voz chillona y aguda que describía a duras penas los movimientos del balón y los jugadores, auxiliado por dos o tres corifeos que supuestamente hacían sesudos comentarios tácticos o técnicos (que nunca entendí). Frases sin sentido llegaban a mis tímpanos. A un jugador con muchas cualidades, en lugar de llamarlo completo o experto, lo llamaban 4×4 (como si pudiera jugar por encima de porterías, banquillos, vestuarios, o sillas…). De otro que cuyo avance en línea recta era impedido por la presencia del defensor decían que éste lo “escoraba” (cual barco a punto de naufragar, aunque yo no vi al jugador perder la verticalidad); más bien, imagino que querían decir que el juego se escoraba hacia una parte del campo… De otro que tocó involuntariamente un balón con las manos pegadas al tronco, dijeron que tenía las manos “escondidas” (muy escondidas no estarían, puesto que el balón golpeó en ellas). A una zona del campo que está situada entre el centro y el área de penalti se referían como el “balcón del área” (no siendo el área una zona elevada…). Se equivocaban continuamente en los nombres de los jugadores; los cuales, por otra parte, ni siquiera se habían molestado en nombrar de modo ordenado y sucesivo al comienzo del juego. Ni un momento de silencio, ni un momento de descanso… Continuo parloteo, algarada incesante. Cansado y hastiado, mi dedo índice buscó el botón de apagado de la televisión en el mando a distancia… y lo encontró.

La radio
Pensé entonces: pondré la radio. ¡Esos sí que saben! Pero, ay madrecita del amor hermoso: cuando el sonido comenzó a llegar a mis oídos castigados, poco pudieron soportar aquel rumor incomprensible. Más ruido. Más chillidos. Música y anuncios que quiebran frecuentemente la retransmisión del evento. Debates a varias bandas entre comentaristas que se interrumpen, con sus voces pegajosas que se acoplan y superponen, impidiendo la clara comprensión; incluso que se comentan entre ellos. Intenté ser tenaz, permanecer a la escucha. Pero cuando uno de los periodistas dijo, sin sentir escalofrío alguno, respecto un jugador: “pendulea la pelota”, mi fortaleza se venció y preferí el silencio.

El periódico
Tras un instante de serenidad me dije: leeré el periódico on line. ¡Un periodista que escribe es un buen periodista! Os ahorraré explicaciones, amigos míos. Únicamente confesaré que bregué y bregué, como un pescador que anduviera toda la noche afanándose en su barco, recogiendo redes, lanzando anzuelos, al timón de su embarcación, atenta la mirada a la noche oscura, a las formas terroríficas de las rocas inamovibles… Sin embargo, para mi desgracia me topé de frente con esta expresión: “ierra desde el punto fatídico”. Comprenderéis que el sabio narrador trataba de hacernos comprender con su verbo fluido que el desastrado delantero había lanzado el balón fuera al golpearlo desde el punto de penalty, tras señalar el árbitro el lanzamiento del mismo por una falta cometida dentro del área por un rival. Ya sé que se puede decir de modo más simple al que yo he utilizado. Pero… ¿”ierra”? ¡Por favor, que existen los correctores ortográficos!

No lo resistí más. Me reí de mi mala suerte. También de los simpáticos errores de esos ufanos periodistas que son víctimas de la rauda actualidad, y no son conscientes de ellos. No obstante, hice propósito de salir a correr, en la próxima ocasión en que me sintiera aburrido. O leer un buen libro. O dormir. Y me prometí a mí mismo que otro día escribiría sobre aquella noche, sin más pretensión que reírme de nuevo con cariño, de mí y de ellos.

Jaime Árias

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