Defensa del deporte moderno

El deporte no es tan sólo veintidós tíos corriendo detrás de un balón o unos cuantos locos montados en bicicletas a punto de tener un ataque al corazón… Su valor vital es mucho más importante, puede tener una relevancia trascendental desde el punto de vista personal, aporta muchos valores éticos a nuestra sociedad, y se merece una referencia periodística.

 ¿Defender el deporte moderno?

Mi viejo profesor de filosofía decía que las cosas que nos resultan más cotidianas son a menudo las más importantes; y que aquello que damos por supuesto ha necesitado en ocasiones siglos de luchas hasta ser conquistadas. Por ello, debemos conocer los motivos y porqués de lo que somos hoy, de lo que pensamos y lo que hacemos, para poder dar razón de ello.

¿Hace falta defender el deporte moderno? ¡Desde luego que sí! No sólo por una cuestión puramente erudita es necesario conocerlo y saber explicarlo, sino porque no son pocos los que lo desprecian como actividad de baja calidad humana, como manifestación de incultura; y no son menos quienes darían la vuelta al deporte para convertirlo en otra cosa distinta. Por eso hoy vamos a hacer un alegato a favor de nuestro deporte.

Síntoma de vitalidad social

El deporte moderno no es el signo de unos tiempos de decadencia, sino que, muy al contrario, es el reflejo de lo mejor de nuestra sociedad de hoy. Además, no sólo es un efecto, sino también una causa de realización, de progreso, moral, político y económico (recuérdese el lema olímpico: “citius, altius, fortius”). En este sentido, no se parece en nada a los espectáculos sangrientos de la Antigüedad (especialmente las luchas de gladiadores, aunque éstas tenían motivaciones religiosas y unos oscuros orígenes que no vienen a cuento). Ha habido quienes han querido comparar las competiciones deportivas modernas con aquéllos, enfatizando cómo las masas se entregan hoy enfervorizadas, como antaño, a determinados espectáculos públicos, y cómo eso en cierta manera las enajena, mientras se mofan de los derrotados o dan salida, amparados por la masa, a una violencia a duras penas contenida por el miedo a ser sancionados como individuos identificables. Pero esta denuncia, además de ser una exageración, es un reduccionismo y un anacronismo terrible, porque no tiene en cuenta cuáles eran las características, las normas, el contexto y el sentido de los espectáculos de la Antigüedad, ni tampoco cómo era la sociedad antes y después de los mismos, y cómo ha cambiado el mundo con el tiempo.

Razones para una defensa apasionada

En primer lugar, los juegos deportivos modernos no son violentos (y mucho menos sangrientos), salvo contadísimas excepciones, como el boxeo, el kárate, el judo; pero incluso en estos casos la desemejanza con los antiguos es enorme, porque lo que se valora hoy es el alarde de fuerza, habilidad y agilidad, y en ningún caso que se ponga en riesgo la vida de los contendientes. En nada se parecen las peleas de artes marciales actuales que se realizan en un tatami a las luchas de gladiadores de la arena del Coliseo. El deporte moderno es una filosofía de la vida, una cosmovisión ética universal, tal como afirma la Carta Olímpica, que debería ser de obligada lectura en nuestros colegios. Está dirigido al desarrollo armónico del hombre dentro del respeto por unos valores éticos universales, por la cultura, la vida, y forma de ser de los demás.

En segundo lugar, el deporte moderno es asociativo, y está organizado institucionalmente. Esto le da un carácter reglamentado, le da seguridad, le da universalidad y lo profesionaliza. De la mera actividad privada se pasa a las asociaciones; de éstas a las federaciones reguladas por normas públicas, y después a confederaciones, reuniones de federaciones regionales o nacionales que crean instituciones de alcance y vigencia para todo el mundo (piénsese, por ejemplo, en el COI o en la FIFA, por citar dos muy representativas). Esta universalidad y este carácter jurídico están muy alejados de las diversiones de la Antigüedad, para la cual eran horizontes prácticamente impensables. La ley regula la práctica del deporte, no sólo aficionado, sino también profesional; garantiza el respeto a unas normas básicas de convivencia, así como la seguridad y salud de los contendientes; se establecen sanciones para los que vulneren esos preceptos, y la actividad deportiva, así entendida, se beneficia de los sistemas de previsión social regulados por la ley.

En tercer lugar, hay una visión positiva y lúdica del deporte. Éste no se entiende como castigo o pena, o como modo de cautivar o conquistar el afecto de la plebe ni su apoyo político. Ya no se sacrifican delincuentes, criminales, presos políticos, hombres perseguidos por su credo o su etnia, esclavos o botines de guerra… Hay en el deporte moderno una semilla de libertad individual, de autorrealización, de fiesta, que la Antigüedad jamás conoció, se ha despolitizado, y se ha liberado del peso de la raza, la religión, la lengua o la cultura particulares. Ello permite que cualquier país, sea cual sea su régimen político, pueda participar en competiciones internacionales, que se compartan espacios, espectáculos y torneos por hombres y mujeres venidos de cualquier rincón del planeta, entregados a la mera diversión de vencerse unos a otros en competiciones donde la fuerza, la velocidad, la habilidad, la templanza, la resistencia o la inteligencia y la coordinación son los únicos jueces.

El deporte moderno se ha universalizado. Se celebra entre personas extraídas de todo el mundo que comparten valores comunes. Se han sumado al carro del deporte todos los países, todas las culturas, todas las religiones, todos los sistemas… En las pasadas Olimpiadas de Londres 2012 participaron 10.568 atletas (5.892 hombres y 4.676 mujeres) de 204 países (más países que los que integran la ONU, que son 193). Cuando todos los estados y personas del mundo comparten algo tan único, con las mismas reglas, las mismas instituciones, con los mismos valores, y lo hacen en libertad total y un distinguido sentimiento de satisfacción, es evidente que no puede ser algo malo, sino un lazo creador de paz, de concordia, de amistad, de colaboración, de asociación. El deporte moderno es una celebración, una fiesta cultural. En esto sí tienen cierta semejanza a las Olimpiadas de la Antigua Grecia, salvando las diferencias históricas y culturales.

El deporte moderno crea riqueza. Es evidente que lo hace sobre todo de una forma indirecta, porque, bien gestionado, es capaz de atraer inversiones, de sumar esfuerzos y recursos en la creación de puestos de trabajo, en el aumento de transacciones y ventas, en la satisfacción de intereses de la sociedad. Por poner un ejemplo muy sencillo, según datos oficiales de la Real Federación Española de Fútbol a través de su Departamento de Licencias, correspondientes a la temporada 2012/2013, la cifra total de futbolistas con licencia en España, tanto masculinas como femeninas, fue de 702.480, siendo las federaciones territoriales de Andalucía y Cataluña donde se tramitaron mayor número de licencias. En esas fechas, la Federación confirmaba la existencia de 2.370 licencias de futbolistas profesionales. De modo que se trata de un sector económico importante dentro de nuestra sociedad. Téngase en cuenta, por supuesto, que la mayoría de los futbolistas profesionales ganan bastante más que un trabajador medio español. Así, según el Convenio Colectivo del sector, los jugadores de Primera División deben tener al menos un salario mínimo de 129.000 euros anuales, más de 14 veces el Salario Mínimo Interprofesional (9.034 euros anuales), mientras que los de Segunda División A no percibirán menos de 64.500 euros anuales. Súmese a esto todo lo que deporte mueve en otras modalidades, no sólo en términos de contratos de trabajo, sino de merchandising, publicidad, tecnología, partners, periodismo, hostelería, becas, ropa y otros utensilios…

El deporte como elemento educativo

El deporte, por último, encauza la vida de los jóvenes. Tiene una importancia superlativa en la educación. Les aparta de la ociosidad, la pereza, las drogas o el crimen; les permite obtener un medio de vida digno respetuoso con la vida y los bienes de los demás seres humanos, inspirador de historias, anhelos y vocaciones de altura, sentimientos nobles y esfuerzos sobresalientes. Por supuesto, en este sentido va a la par de la sociedad de la que forma parte, pero también puede ayudar en muchos ámbitos no sólo a personas concretas que por este medio alcanzan una salida para sus vidas, sino a la sociedad en su conjunto, como ha sucedido recientemente cuando, con ocasión de la muerte de un aficionado antes de un partido de fútbol en Madrid, todo el mundo del deporte rey se ha levantado contra la violencia en los estadios y fuera de ellos. Se ha creado una corriente moral. Se ha lanzado un mensaje civilizador.

Y quizás en esto último sea en lo poco que el deporte moderno se parece al de la Antigüedad clásica: en que sigue siendo fundamental en la educación de los jóvenes y en el estilo de vida de los mayores. Ya Aristóteles y Platón habían defendido con pasión la presencia de los ejercicios gimnásticos en la educación obligatoria. Pero no hace falta picar tan alto para comprender la valía del deporte como elemento formador: basta con mirar a nuestro alrededor y ver cómo cada fin de semana se llenan los parques y los recintos deportivos de cientos, de miles de chicos (y no tan chicos) practicando su deporte favorito; cómo se ejercitan y mejoran; cómo progresan en fuerza, habilidad y resistencia; cómo compiten, hacen amistades y crean vínculos sociales; cómo aprenden a respetar unas reglas comunes dentro de su libertad individual; y cómo sueñan con ser como sus ídolos, sus héroes, de modo que su futuro se convierte, por medio del deporte, en un reto hermoso de emulación, y aun de superación, del que tanto ellos como la sociedad en su conjunto salen beneficiados.

 

Por todo, si nos preguntan a qué viene tanta afición por el deporte, no agachemos la cabeza y demos excusas vagas. Bien es verdad que hay otras cosas en la vida, y que el deporte moderno tiene facetas negativas de las que hablaremos otro día. Pero mientras tanto, no nos arruguemos y respondamos cuando sea necesario: ¡Viva el deporte!

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